SEGUUUUUUNDA
Anoche me propuse levantarme a las seis de la mañana a correr. Increíblemente, lo hice. Me levanté, corrí las cortinas y me abalancé sobre la cama como si fuera esta Mariana de Melo (antes del choque, morbosos!). Y así transcurre mi día. Me vuelvo a levantar, sólo que nueve horas más tarde, esta vez decidido a escribir algo en este blog para que, como quien dice, que no decaiga. Pero no, mejor no hablar de ciertas cosas. No puedo. El sol radiante que entra por mi ventana ahora abierta me demuestra que es un día demasiado lindo como para perder escribiendo. Me pego una ducha y bajo las escaleras, forradas por una tela roja que me acaricia los pies y me hace cosquillitas. Llego al comedor del hotel y me mando un desayuno digno de ser envidiado por cualquier serie de comedia estadounidense de los años 80. Una vez que comí, me fumé un puro con unos tipos que hablaban en un idioma que ni Amigacho comprendería y me eché un pique hasta la playa de Buzios. El arena estaba caliente. Abrí una reposera donde tenía pensado tomar un poco de sol mientras pudiera. El olor de la playa me relajaba. Mierda! no pude tomar nada de sol porque antes que pudieras escribir Schwarzenegger (más o menos cinco minutos de la vida real), dos garotas de esas que decís ah la pelota en cuanto las ves, se pararon al lado mío, tapándome el sol a la voz de "Amorciño, podi sentarme con voce?".
De golpe me despierto, pero esta vez sin abrir los ojos. Tenía miedo de que Buzios haya sido todo producto de los casi cuarenta grados de fiebre que pegué ayer (Salud!). Ahí estaba. En Brasil. Brasil y Avenida Jujuy, yendo a buscar unos apuntes a lo de un compañero que sufrió la desgracia de no llevarse nada. No voy a decir su nombre porque hacerlo sería peligroso para su integridad física, como si yo no tuviera suficientes ganas de atropellarlo.
"Y? Me vas a dejar pasar a la ventanilla?" Escucho mientras el tono portugués que inventé algunos renglones más arriba se convierte rápidamente en perfecto aunque no tan comprensible castellano. Sí, estoy mal de la cabeza. Resulta que la mina que mi cerebro había creado para hacer menos real mi sueño era, en realidad, una mujer que pasaba los sesenta años en cada gamba. No voy a ponerme más específico con su descripción porque me sería imposible omitir que lo que me llamó la atención a penas levanté la mirada fue que tenía las tetas más abajo que la cintura. Mierda! Era imposible obviarlo. Agradézcanme si les alegré la tarde con el detalle (y por favor nunca más me hablen). Mientras me paraba, noté que el relajante olor a playa que sentía en esos oníricos momentos donde pegarme un tiro en la sien no era mi propósito de año nuevo provenía de una de las axilas de la particular mujer.
Todo es culpa de los asiáticos. Si no presentaran una resistencia al avance desenfrenado de los países desarrollados clásicos, en el colegio darían cinco años de geografía de Europa, y para esta altura, ya me sabría los temas de memoria.
Hablando de asiáticos, sabés qué es una elección? Lo que experimentan los susodichos cuando se cruzan a Megan Fox por la calle. JA, te encantó.
No, no me voy a cansar nunca de este chiste

